10 Jun, 2010

Gasparrosety.com – El cartero que repartía sonrisas

Con Mejuto González.

Nos conocemos desde que éramos un poco más que niños. Nos comprendimos desde el primer día y mantuvimos una corriente de entendimiento y de afecto. El, porque sabe cómo actuamos los periodistas, y yo porque he tenido siempre una sensibilidad especial hacia los árbitros, desde que Fombona, a quien Dios guarde cerca, me enseñase en El Molinón cómo se captaba el fuera de juego sin bifurcar los ojos.

Los periodistas arbitramos los partidos porque llevamos un árbitro dentro, es decir, un juez. De Enrique me quedo a la hora de la carta de ajuste con sus recuerdos iniciales. No destaca que ha pitado la mejor y más emocionante final de la Champions que se recuerda, no quiere poner en la mesa que fue elegido por méritos propios para pitar un Mundial, el de Alemania, aunque luego no fuese por culpas ajenas, no pretende que se le recuerde por haber sido el árbitro que más partidos ha dirigido ni por ninguno de sus grandes aciertos. Enrique pasará a la historia del arbitraje español como el árbitro más querido por todos, futbolistas, entrenadores, directivos y periodistas. Ha sido, desde el principio, “nuestro árbitro”. Jamás entró en competencia con nadie, su alma generosa sirvió más para dar que para recibir y todos hemos compartido con él sus alegrías y sus pesares, sus brillos y sus soledades.

Él recuerda los inicios, signo de humildad e inteligencia vital porque implica conocer hacia dónde camina el futuro, y presume de ellos, de haber pitado en campos de tierra, de parar un partido para que pasaran las ovejas y, sobre todo, de haber repartido cartas por los pueblos, en los tiempos en que una carta traída por un cartero podía alegrar una vida o entristecerla. A cambio de una frase, “¡guaje, coge unes manzanes…!” Mejuto ha sido paloma mensajera de la paz, en el arbitraje y en su profesión, se ha ganado el respeto sin alzar la voz y el cariño del mundo abriendo las manos.

En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, Mejuto es un lujo que el arbitraje asturiano, español, europeo y mundial no pueden dejar aparcado. Porque ha sabido ser grande entre los grandes y lo ha hecho sin molestar, sin meter ruido, más allá de su carácter natal de la cuenca minera, borracha y dinamitera, como una carta de amor, embriagadora, de aquellas que algún día dejaría en un buzón de Lieres. También en el arbitraje, Enrique ha sabido ser portador de ilusiones. Por eso, hoy deja el recuerdo imborrable de una viuda bien escrita.