10 Mar, 2010

Gasparrosety.com – En recuerdo a Don Luis Molowny.

Si los elogios se encienden cuando las personan se ausentan, este canario de ascendencia irlandesa es una excepción. Molowny cosechó todos los aplausos y recogió las mejores palabras en vida, tanto como futbolista, que fue grande entre los grandes, como en su etapa de dirección técnica, con idéntica intensidad y éxito como entrenador o director deportivo o Seleccionador Nacional, que lo fue en cuatro partidos formando el triunvirato con Miguel Muñoz y Salvador Artigas.

“El Mangas”, como se le conocía por su hábito de jugar con los puños de la camiseta enlazados sobre sus manos, ganó todo cuanto disputó, la Copa de Europa con el Real Madrid de Kopa, Di Stéfano y compañía, la liga española, la Copa de España, la Pequeña Copa del Mundo… Y, como entrenador, se tradujo en el alquimista capaz de convertir lo que tocaba en oro. Quizá lo supo Bernabéu cuando ordenó ficharlo en 1946 de su equipo de la UD Las Palmas. El venerado patriarca del madridismo estaba en Barcelona y leyó en La Vanguardia que su eterno rival había mandado a Cabot en barco a las Islas Canarias para contratar a Molowny. Don Santiago ordenó a Quincoces que fuera en avión para llegar antes y se adelantó. Molowny cobraba menos de cinco mil pesetas de la época.

De él se contaron historias y leyendas aunque la verdad sea sólo una. Molowny es el precursor de la libertad, del respeto a la identidad individual dentro del grupo, conductor de un colectivo que él hacía volar como una flota de aviones que realizan piruetas al mismo tiempo, pero dejando a cada piloto la iniciativa de su talento. Fue una persona introvertida, alejada de la controversia, feliz en lo privado y en lo íntimo del fútbol, padre de luces con nombre propio en el espíritu del balón, con discípulos tan aventajados como nuestro Seleccionador Nacional, Vicente del Bosque. No es cierto que Molowny dejara las riendas del partido al criterio de sus futbolistas. Después de conocer los puntos fuertes y los flancos débiles de los rivales, cuando el equipo atesoraba toda la información sobre el contrario, don Luis siempre les decía que disfrutasen de esa hora y media de partido, que hicieran sus genialidades respaldando el sacrificio del grupo. Sabían lo que tenían enfrente, debían morir por el compañero.

Molowny no fomentó la autogestión sino la iniciativa. Fue una suerte conocerlo y tratarlo, compartir largas horas de diálogos en los tiempos en los que, darle el primer equipo del Real Madrid, significaba ganar la Liga o la Copa de la Uefa, y maravillarnos con el fútbol estético de la generación de Butragueño, del espíritu blanco de Juanito, Santillana, Camacho y otros que los secundaron. Lo que nos perdemos por no haber grabado aquellas intensas y pausadas conversaciones con Leo Beenhakker… Molowny, que siempre fue don Luis, nos ha dejado una herencia tan rica y variada de conocimientos del balompié español que jamás se encontró alguien que le fuera enemigo. Por eso, ahora, en el momento de su desaparición, sobran los elogios y reflotan los afectos. Y en lugar de su lápida, visitaremos su memoria, sus recuerdos, sus enseñanzas. Una obra que, perteneciendo al fútbol, debe ser considerada arte por su magnitud, su belleza y su ternura. Siempre que el balón llore, habrá una lágrima en señal de duelo por Luis Molowny. Por “El Mangas”. Por don Luis.

Esa es la razón a la que se deben esos instantes de respetuoso silencio que se escucharon en todos los campos de España este fin de semana, incluso en el Atlético de Madrid-FC Barcelona del estadio Vicente Calderón, dos de sus más significados rivales. Precisamente, porque nunca tuvo enemigos sino compañeros con otras camisetas. Ese es el silencio del respeto y de la admiración. El silencio necesario para mirar frente a frente a un caballero.